Ana Lilia: ¿campaña permanente o silencio conveniente?
Las bardas no hablan solas. Detrás de cada pinta hay estrategia, recursos y cálculo político. Y en el caso de la senadora Ana Lilia, la pregunta es directa: ¿por qué su promoción en bardas parece no tener límites ni consecuencias?
La ciudad amanece con su nombre visible, repetido, constante. No es un hecho aislado. Es una presencia sistemática. Y cuando esa exposición ocurre fuera de procesos electorales formales, el debate es inevitable.
¿Tiene permisos?
¿Está dentro del marco legal?
¿Las autoridades electorales y municipales están revisando el caso?
Porque si cualquier ciudadano pinta sin autorización, enfrenta sanciones. Pero cuando lo hace una figura con poder político, todo parece diluirse en el silencio institucional.
Aquí no se trata de simpatías. Se trata de equidad. De piso parejo. De reglas claras para todos.
La política no puede convertirse en promoción permanente disfrazada de normalidad. Si quienes ocupan cargos públicos no respetan los límites, el mensaje que se envía es claro: el poder permite lo que a otros se les prohíbe.
Y esa percepción —más que la pintura— es la que verdaderamente daña a la democracia.
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