Entre Encuestas y Acuerdos: La Verdadera Contienda en Tlaxcala
Por: Roberto Nuñez Baleon.
En Tlaxcala, la próxima elección para la gubernatura no se está definiendo entre partidos, sino dentro de uno solo: Morena. Con una ventaja amplia en la preferencia electoral, el partido guinda enfrenta un escenario peculiar: la verdadera competencia no está en la oposición, sino en la disputa interna entre sus propios grupos de poder.
Las encuestas disponibles apuntan a una figura con ventaja clara: Ana Lilia Rivera Rivera. Su posicionamiento no solo es amplio, sino consistente, lo que la coloca como la aspirante a vencer. Sin embargo, en política, encabezar las preferencias no siempre garantiza un camino libre de obstáculos.
Del otro lado se encuentra el grupo político vinculado al gobierno estatal, encabezado por Lorena Cuéllar Cisneros. Como ha ocurrido históricamente en la entidad, el grupo en el poder busca incidir en la sucesión, no solo por la continuidad del proyecto, sino por una lógica elemental de supervivencia política. En ese bloque se inscribe el perfil de Alfonso Sánchez García, quien representa el control territorial y la operación desde la estructura gubernamental local.
Más atrás aparecen actores como Carlos Augusto Pérez Hernández, Raymundo Vázquez Conchas, Dulce María Silva Hernández y Oscar Flores Jiménez. Su papel en este proceso no necesariamente está orientado a ganar la candidatura, sino a incidir en la negociación política: posicionarse hacia el futuro, medir su fuerza o convertirse en interlocutores clave para asegurar espacios para sus grupos. En Morena —como en muchos partidos dominantes— no todos los aspirantes compiten para triunfar.
A pesar de la multiplicidad de perfiles, la ventaja de la puntera se mantiene sólida. Ana Lilia Rivera Rivera lidera con margen amplio en las encuestas, cuenta con reconocimiento estatal, proyección nacional y, sobre todo, capital político propio; no depende del aparato gubernamental local para sostener su posicionamiento.
Este escenario explica la reacción del grupo en el poder. Ante la posibilidad de perder el control de la sucesión, se intensifican las campañas negativas en contra de la senadora y apuestan por su desgaste mediático. Se impulsa una narrativa de división, se sugieren riesgos de ruptura y se promueve la idea de que es necesario un perfil “más conciliador”.
En ese contexto surgen señales de fragmentación inducida: la proliferación de candidaturas busca dividir apoyos, diluir ventajas y forzar una decisión más negociada que competitiva. Sin embargo, hasta ahora, esa estrategia no ha logrado su objetivo. No existe una división efectiva del voto interno; por el contrario, la puntera concentra cerca de la mitad de las preferencias, configurando un escenario de liderazgo dominante.
Hay, además, un factor decisivo que distingue este proceso de una elección convencional: en Morena, las candidaturas se definen en encuestas. Esto reduce el peso de la movilización tradicional y coloca en el centro la percepción pública, el posicionamiento y la viabilidad política.
Al final, la candidatura no será para quien acumule más eventos festivos o realice eventos públicos con ayuda del aparato gubernamental, sino para quien logre articular tres factores clave: competitividad en encuestas, capacidad de cohesión interna y aceptación en la cúpula nacional. Y es precisamente en esos terrenos donde Ana Lilia Rivera Rivera ha construido, de manera discreta pero eficaz.
Diversos grupos dentro de Morena han comenzado a tender puentes con la senadora, incluso aquellos presionados desde estructura local del partido o vinculados al aparato gubernamental, obligados a trabajar por el favorito de la gobernadora. A ello se suma su cercanía con la dirigencia nacional del partido y con la presidenta Claudia Sheinbaum, lo que termina por cerrar la pinza en su favor.
Tlaxcala no está ante una contienda electoral convencional. Está frente a una disputa por el control político del futuro inmediato. Y, como suele ocurrir en estos casos, el desenlace dependerá básicamente de las preferencias ciudadanas, sin soslayar el delicado equilibrio entre poder, negociación y estrategia dentro del propio partido dominante.
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