La pira de los insensatos

La pira de los insensatos

“El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos.”Antonio Gramsci, Cuadernos de la cárcel

El vapor antes de la tormenta

Pongo a hervir la cafetera italiana Bialetti, cómplice silenciosa de tantas batallas políticas, que me ayuda a manejar el caos. Son las cinco de la mañana del 28 de febrero de 2026 y los primeros despachos ya arden en la pantalla: bombas sobre Teherán, misiles sobre Tel Aviv, Washington negando lo que Washington coordinó.

Sirvo el café despacio. No por calma. Por disciplina.

He visto esto antes. La arquitectura del poder real operando detrás del escenario que nos muestran. Lo que me inquieta esta mañana no es la guerra en sí. Es el silencio cómplice con que millones de mexicanos recibirán la noticia como si fuera cosa de otros. Como si el precio de la gasolina tuviera pasaporte diplomático. Como si la inflación distinguiera entre culpables e inocentes.

No distingue. Nunca ha distinguido.

Cuando el marco se vuelve prisión

Hay guerras que se declaran con fanfarria. Y hay guerras que simplemente ocurren, sin firma, sin voto, sin que nadie te pregunte si estás de acuerdo. Esta pertenece a la segunda categoría. La más peligrosa, porque no tiene nombre oficial en el recibo de tu supermercado, pero llega puntual todos los meses.

Este conflicto no nació el 28 de febrero. Nació mucho antes, en los cuartos de guerra narrativos donde se construyó durante años el marco perfecto: Irán como amenaza nuclear existencial, como estado forajido, como el antagonista simbólico que toda coalición necesita cuando sus propias fisuras amenazan con volverse visibles. Lakoff lo habría reconocido de inmediato. Cuando el marco está suficientemente consolidado, la guerra no requiere justificación: ya fue justificada mucho antes de que cayera la primera bomba. El miedo opera primero. La moral legitima después. Y el costo económico se minimiza en el frame oficial porque ese costo no lo pagan quienes diseñaron el encuadre.

Lo pagan los que ni siquiera sabían que estaban en el tablero.

Recuerdo una negociación tensa en el sureste del país, hace varios años. El operador financiero del equipo, hombre de pocas palabras y memoria larga, me dijo algo que no olvidé: la gasolina no es un indicador económico para la gente, es un termómetro moral; cuando sube, alguien tiene la culpa. Tenía razón. La pregunta estratégica siempre es la misma: ¿quién absorbe esa culpa? En esta guerra, esa pregunta no tiene respuesta limpia. Y eso, en política, es el principio del desorden real.

La Realpolitik del caos

Al atacar el yacimiento South Pars —uno de los campos de gas natural más grandes del planeta— los aliados no solo golpearon la economía de los ayatolás. Le prendieron fuego al sistema de precios energéticos global. Los precios del petróleo y el gas escalaron un 40% en semanas. La Agencia Internacional de Energía no usó eufemismos: advirtió de una grave amenaza a la economía mundial. Los mercados respondieron con la frialdad brutal que siempre tienen: acciones, bonos y oro cayendo simultáneamente, la señal más inequívoca del pánico real, el que no se puede administrar con comunicado de prensa.

La respuesta iraní no busca la victoria militar convencional. Es imposible frente al poder de fuego estadounidense. Busca la erosión de la voluntad política occidental a través del dolor económico sostenido. La guerra de desgaste como única arma real del débil contra el fuerte. Sun Tzu lo escribió con una precisión que sigue incomodando: el general que gana hace muchos cálculos antes de que se libre la batalla; el que pierde, hace pocos. Lo que vemos en Medio Oriente son las consecuencias de cálculos que incluyeron la victoria táctica pero omitieron el precio de la estabilidad global. Trump proyecta cuatro o cinco semanas de intensidad. La historia de la región tiene otros planes. Teherán lo sabe. Y espera.

Si el marco de la guerra fue construido para justificar la entrada, nadie construyó el marco de la salida. Ese vacío narrativo es la segunda guerra, la que se libra en los mercados, en los tipos de cambio, en los costos de flete que ningún titular menciona pero que llegan puntuales a cada mesa.

México: la ilusión del escudo

En los pasillos del poder económico mexicano se respira un optimismo cauteloso que raya en la negligencia calculada. Se argumenta que México está blindado por sus exportaciones petroleras. Es una media verdad más peligrosa que una mentira completa, porque adormece exactamente cuando habría que estar despierto.

Importamos más del 50% de las gasolinas que consumimos. La inflación ya escaló al 4.02% en febrero de 2026, impulsada por energéticos, todavía dentro del rango de Banxico pero con una inercia que los datos fríos no capturan del todo. El pacto voluntario que mantiene la gasolina Magna por debajo de los 24 pesos no es política energética: es aplazamiento del impacto. Cuando el precio global sube 40%, ese dique no resiste indefinidamente. La premium y el diésel cederán primero. El resto seguirá.

Si el conflicto se prolonga, la inflación puede escalar al rango del 5 al 6%, el peso puede deslizarse hacia los 18 o 20 por dólar en episodios de aversión al riesgo, y los costos logísticos castigarán precisamente al nearshoring, la gran promesa manufacturera de esta década. El alivio temporal de las exportaciones petroleras es pan para hoy y factura para mañana. En el ajedrez de este conflicto, países como México no son reyes ni damas. Somos los peones que absorben impactos sin redefinir la partida. Funcionales a la estrategia de otros. Prescindibles en el cálculo de todos.

El café está frío y la cuenta no ha llegado

Cierro la libreta. La Bialetti lleva horas apagada. Afuera el cielo empieza a clarear sobre la ciudad sin que nadie le haya pedido permiso.

Gramsci escribía desde la cárcel que la crisis consiste en que lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer. En ese intervalo oscuro, decía, surgen los monstruos. Hay algo exacto en eso esta mañana: un orden geopolítico que cruje, potencias que actúan como si el mapa de 1990 siguiera vigente, y sociedades enteras atrapadas entre lo que fue y lo que viene, pagando la cuenta de una transición que nadie les explicó y nadie les consultó.

Esta guerra no se declaró. Se administró, se encuadró y se está cobrando.

La batalla real no está en el Golfo Pérsico. Está en los estantes de los mercados populares de cualquier ciudad mexicana, donde los transportistas ya ajustan el flete, donde el tendero ya mide distinto el margen, donde nadie pronunció la palabra Irán pero su sombra ya llegó a la mesa del desayuno.

Las guerras las deciden los poderosos.

Las pagamos, invariablemente, los demás.

La pira está encendida. Y todos, sin haberlo pedido, sin haberlo votado, sin haber firmado nada, estamos aportando el combustible.

 

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