"Soberano es quien decide": el jurista nazi que desnuda la farsa del orden liberal

"Soberano es quien decide": el jurista nazi que desnuda la farsa del orden liberal

Por Melchisedech D. Angulo

Es uno de los pensadores más incómodos del siglo XX y, a la vez, uno de los más citados. Carl Schmitt (1888-1985), jurista alemán comprometido con el nazismo, sigue ocupando un lugar central en la discusión sobre el poder, la ley y la crisis. Su obra Teología política, publicada en 1922, contiene la frase que lo hizo célebre: "Soberano es quien decide sobre el estado de excepción". Un siglo después, la frase sigue incomodando a quienes sostienen que las normas bastan para gobernar.

La idea, en esencia, es que el poder real no se demuestra en la administración cotidiana de las leyes, sino en el momento límite en que la supervivencia del Estado está en juego. Ninguna norma puede prever con detalle una crisis impredecible, de modo que alguien tiene que decidir cuando el texto legal calla. Para Schmitt, la soberanía es menos el monopolio de la fuerza que el monopolio de la decisión última. Esa lectura desplaza el fundamento del orden político desde la norma hacia la decisión, y es justo ahí donde chocó con el jurista Hans Kelsen, defensor del normativismo, para quien la Constitución y la democracia se sostienen mutuamente.

El argumento más provocador es que la normalidad no está garantizada por la ley. La norma necesita una situación social estable que ella misma no puede producir, y el estado de excepción lo pone en evidencia. Schmitt lo comparó con el milagro en la teología: así como este interrumpe el curso ordinario de la naturaleza, la excepción suspende el orden jurídico vigente. Estudiosos del tema subrayan que la excepción no es un accidente externo al derecho, sino un elemento que revela su estructura profunda, y que el pensamiento jurídico tradicional prefiere ignorarla o tratarla como una anomalía.

De ahí su tesis más ambiciosa: los conceptos centrales de la teoría moderna del Estado son conceptos teológicos secularizados. El soberano ocupa el lugar del Dios omnipotente, la excepción el del milagro y la ley el del mandato divino. Si esto es cierto, la pretensión liberal de un orden jurídico puramente racional y neutral resulta ilusoria. Autores como Mercedes García Alonso sostienen que la teología pesa en Schmitt aún más de lo que suele reconocerse, hasta volver su pensamiento "inerradicablemente teológico" e imposible de secularizar sin traicionar su núcleo.

El debate tiene aplicaciones muy actuales. Investigaciones recientes recurren al instrumental schmittiano para analizar cómo se aplican los estados de excepción en contextos de migración y de violaciones sistemáticas de derechos humanos. Otros trabajos lo contraponen a Walter Benjamin, quien también reflexiona sobre la excepción, pero con signo contrario: donde Schmitt ve la confirmación de la autoridad del soberano, Benjamin ve la injusticia estructural del orden jurídico. Y sus ideas sobre la representación, entendida como un acto de unidad política y no como simple delegación, alimentan la crítica a la democracia parlamentaria.

Nada de esto exime a Schmitt de su pasado. Su adhesión al nazismo hace que su recepción siga siendo polémica, y hay quienes proponen editarlo como se edita a otros nazis, es decir, como documento y no como obra filosófica. Otros responden que ignorarlo sería un error, porque su potencia reside en descubrir el fundamento decisionista del orden jurídico, y su peligro, en abrir la puerta a una soberanía sin límites normativos. Por eso, concluyen los especialistas, la teología política de Schmitt no es un capítulo cerrado de la historia de las ideas, sino una herida abierta en la autocomprensión de la modernidad política.

@_Melchisedech

 

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