violencia electoral 1 de 4 partes

violencia electoral 1 de 4 partes

En México, la narrativa electoral nunca ha sido un ejercicio inocente, pero en los últimos años ha dejado de ser solamente una disputa de ideas para convertirse en un terreno donde conviven, con inquietante normalidad, la estrategia, la simulación y la violencia.

No se trata de una exageración retórica ni de un recurso discursivo para dramatizar la política nacional ni la local; se trata de una realidad documentada, sistemática y cada vez más difícil de disimular bajo el ruido cotidiano de la propaganda.

Los procesos electorales recientes han dejado cifras que deberían ser escandalosas en cualquier democracia funcional.

De acuerdo con reportes de organizaciones como Integralia Consultores y Etellekt, el proceso electoral de 2021 registró más de 90 actores políticos asesinados, entre precandidatos, candidatos y operadores, mientras que en 2024 la violencia no solo persistió, sino que se sofisticó en sus formas de presión, coacción y control territorial.

No hablamos únicamente de homicidios, sino de amenazas, secuestros, atentados y renuncias forzadas que, aunque menos visibles, resultan igual de efectivas para moldear el mapa político antes de que el ciudadano siquiera llegue a la urna.

Y que conste que (aún) no estamos hablando del caso específico y escandalosísimo de Rubén Rocha Moya y Enrique Inzunza Cázarez.

En ese contexto, resulta casi ingenuo analizar una encuesta electoral como si fuera una fotografía neutra de la voluntad ciudadana.

Tomemos el caso de Tlaxcala rumbo a 2027: Morena aparece con una ventaja clara en intención de voto, con 38.9 por ciento, y en su disputa interna Alfonso Sánchez García encabeza con 30.6 por ciento.

A simple vista, los números parecen dibujar un escenario de relativa estabilidad y continuidad política; sin embargo, esa lectura omite deliberadamente el dato más incómodo, ese que rara vez ocupa los encabezados pero que define elecciones enteras: Más del 20 por ciento del electorado no ha decidido su voto y, aún más revelador, más del 40 por ciento de los simpatizantes de Morena no tiene claro quién debe ser su candidato.

Ese espacio de indefinición no es un vacío, es un campo de batalla. Y en México, ese campo de batalla no siempre se disputa con argumentos y quien lo tiene claro es la consultora RankerMx.

La violencia electoral cumple una función que pocos están dispuestos a reconocer abiertamente; no necesariamente busca alterar el resultado final de una elección de manera burda, sino condicionar quién llega a competir.

En otras palabras, no siempre decide quién gana, pero sí influye decisivamente en quién puede perder. La eliminación de candidatos incómodos, la intimidación de estructuras locales o la captura de territorios completos mediante el miedo son mecanismos que operan antes de que la narrativa pública siquiera se active, y cuando esta finalmente aparece, lo hace sobre un terreno previamente intervenido.

Porque aquí no estamos hablando de programas sociales, estructuras partidistas o gubernamentales, la violencia entendida como violencia es algo que ya encuentra cierta “normalidad” en los procesos electorales y viene a más.

Lo verdaderamente sofisticado —y aquí es donde la narrativa adquiere su dimensión estratégica— es que esta violencia no actúa sola.

Se acompaña, casi siempre, de un entorno saturado de información, versiones, filtraciones y escándalos que funcionan como cortinas de humo perfectamente diseñadas.

El ciudadano promedio no observa la ausencia de un candidato como resultado de una presión estructural; la interpreta como una decisión política, una debilidad personal o, en el mejor de los casos, una anécdota más en el ciclo inagotable de noticias.

Es por eso que herramientas desarrolladas por el Ranker Pool Data se vuelven indispensables porque aportan elementos no sólo informativos, sino de inteligencia política para advertir alertas tempranas de crisis, formación de tendencias, detección de narativas, etc.

Algo claro que todo aspirante a un puesto de elección popular debería tener claro es que sin inteligencia artificial, no hay campaña. Para pronto.

Tlaxcala, por su tamaño y aparente calma, podría parecer ajena a estas dinámicas, pero sería un error suponer que los estados pequeños están exentos de las lógicas nacionales. Por el contrario, su escala los vuelve más vulnerables a formas de control más discretas, más focalizadas y, por lo mismo, más eficaces.

La fragmentación de la oposición, la concentración del voto en una sola fuerza política y la existencia de amplios segmentos indecisos configuran un escenario donde la narrativa será decisiva, pero no necesariamente libre.

En este punto conviene hacer una pausa incómoda: cuando hablamos de “ventaja electoral”, ¿de qué estamos hablando realmente? ¿De una preferencia ciudadana consolidada o de un equilibrio precario sostenido por la ausencia de competencia efectiva? Porque una cosa es liderar en intención de voto y otra muy distinta hacerlo en un entorno donde las condiciones de competencia han sido, por decirlo con elegancia, alteradas.

La narrativa electoral, entonces, no solo compite por convencer, sino por encubrir.

Se construyen relatos de inevitabilidad, de continuidad, de fortaleza política, mientras los elementos que podrían cuestionarlos —la violencia, la presión territorial, la captura de estructuras locales— quedan relegados a notas marginales, cuando no desaparecen por completo del radar mediático.

Hablar sin concesiones en este contexto implica incomodar más allá de lo políticamente correcto.

Implica señalar que en México la democracia no se juega únicamente en las urnas, sino en las condiciones que permiten o impiden llegar a ellas. Implica reconocer que el dato duro, por sí solo, no explica el fenómeno electoral si no se le coloca dentro de su contexto real, ese donde la violencia no es una excepción, sino un factor.

Y, sobre todo, implica asumir que el silencio también es una forma de participación.

Porque cada vez que la conversación pública decide ignorar estos elementos, cada vez que la narrativa dominante opta por la comodidad de los porcentajes sin cuestionar su origen, lo que se fortalece no es la democracia, sino su simulación.

México no necesita más análisis que describan lo evidente. Necesita lecturas que se atrevan a incomodar lo estructural.

Porque si algo ha dejado claro la experiencia reciente es que la elección no empieza el día de la votación, sino mucho antes, en ese terreno difuso donde la política, la estrategia y la violencia dejan de ser esferas separadas para convertirse en parte de un mismo sistema.

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