La geometría del poder: Querétaro y la batalla por el sentido común

La geometría del poder: Querétaro y la batalla por el sentido común

"La victoria pertenece a quien sabe convertir el conflicto en oportunidad antes de desenvainar la espada". — Sun Tzu

La política no es el arte de lo posible, sino la ingeniería de lo inevitable. En el tablero mexicano, el 2026 no constituye un simple año calendario; representa el punto de inflexión donde se cristaliza la hegemonía o se decreta la obsolescencia. En Querétaro, la reunión del 15 de febrero de 2026, bautizada bajo el framing de la "Unidad a la Queretana", trascendió el acto protocolario para convertirse en una maniobra estratégica. Su objetivo: fijar el marco de interpretación de los próximos dieciocho meses. Bajo la sombra proyectada por Claudia Sheinbaum, la coalición Morena, PT y PVEM no solo ratificó nombres; validó una narrativa madre destinada a ordenar el sentido común electoral rumbo al 2027.

El framing de la unidad como escudo cognitivo

En la teoría del poder, la unidad declarada es siempre una respuesta a la fragmentación latente. Al convocar a figuras clave como la senadora Beatriz Robles Gutiérrez, la presidenta municipal de Cadereyta Astrid Ortega y los diputados federales Gilberto Herrera Ruiz, Luis Humberto Fernández Orihuela y Ricardo Astudillo Suárez, la operación transmitió cohesión donde el adversario busca grietas. La "Unidad a la Queretana" funciona como un dispositivo semiótico de alta precisión: transforma la necesidad táctica de alianzas en una virtud moral de fraternidad, reconfigurando la percepción pública de lo que antes podía leerse como mero pragmatismo electoral.

Este ecosistema de comunicación estratégica no busca convencer al convencido, tarea ociosa, sino neutralizar al escéptico mediante la ocupación simbólica del territorio. Al enfatizar el respeto a los tiempos electorales y el fortalecimiento territorial, la coalición intenta controlar el relato público antes de que la oposición pueda instalar su propio marco de conflicto. Es la aplicación más depurada del *Arte de la Guerra*: someter al adversario sin llegar al combate frontal, ganando la batalla del significado antes de la batalla del voto. La agenda legislativa común no es burocracia compartida; es la cimentación del "segundo piso de la Cuarta Transformación" en la entidad, buscando que la hegemonía federal se traduzca en dominio local duradero mediante la normalización de un lenguaje y la instalación de un marco interpretativo propio.

El estratega en tierra muerta

Toda arquitectura de poder tiene vigas ocultas, puntos de tensión que la hacen resistente precisamente porque no son visibles. Aquí emerge la figura de Ricardo Astudillo Suárez y el papel del PVEM en la geometría variable de la coalición. En la lógica del arte de la guerra, existe el concepto de "terreno de muerte": aquel lugar del que no hay retirada posible, donde la espalda toca el abismo. Paradójicamente, es en este terreno donde los soldados luchan con mayor ferocidad, porque la supervivencia elimina la especulación. Astudillo, operando bajo la premisa de que su partido "no tiene nada que perder" en un estado de tradición panista, se convierte en el actor más peligroso del tablero queretano.

Quien es dado políticamente muerto posee la libertad estratégica que le falta al favorito. Mientras la estructura oficial de Morena, liderada institucionalmente por Gisela Sánchez Díaz de León —cuya influencia real trasciende con mucho los periodos formales del comité estatal— garantiza la maquinaria electoral y la disciplina de voto, Astudillo teje las alianzas sutiles, los acuerdos locales y los puentes nacionales que permiten la flexibilidad que todo movimiento necesita. Su preparación para la batalla de 2027 no es ruidosa; es quirúrgica, casi imperceptible. Al abrazar públicamente la narrativa de la 4T a la queretana,  pero manteniendo una autonomía operativa en los intersticios del sistema, el PVEM en Querétaro ejerce lo que los teóricos llaman "poder blando": la capacidad de quien sabe que su supervivencia política depende de su utilidad estratégica para actores más grandes. En esta lógica, ser sistemáticamente subestimado se convierte en el mayor activo de inteligencia política.

Las narrativas madre y el tiempo como arma

Los encuentros de octubre 2025 y enero 2026 no fueron accidentes del calendario. Fueron lo que los clásicos de la geopolítica denominan "marcada de territorio": la delimitación simbólica de un espacio que se pretende conquistar. En política, como en la guerra, quien marca primero condiciona el movimiento del adversario. Aquí emerge la construcción deliberada de "narrativas madre". En un estado donde el discurso original de la Cuarta Transformación no resuena con la misma intensidad que en el sur del país, la coalición ha entendido que no puede vender el mismo producto con el mismo envoltorio. El "segundo piso de la 4T" es un reposicionamiento narrativo profundo. Es admitir, implícitamente, que el primer piso —el de la confrontación abierta— no funcionó en Querétaro. Se necesita un nuevo relato: uno de unidad, de institucionalidad respetuosa pero firme.

Como advierte Maquiavelo, "nada es más difícil de manejar... que iniciar un nuevo orden de cosas". La "unidad a la queretana" debe navegar entre la lealtad a un proyecto nacional ortodoxo y la adaptación a un electorado local inmune a esa ortodoxia. Esta tensión es su condición de posibilidad. El 2026 es el año de la definición porque condensa los escenarios probables. La disciplina en la ejecución marca la diferencia entre una coalición coyuntural y un bloque hegemónico. Los riesgos son evidentes: sobrexposición, disputa por candidaturas, fatiga del electorado. No obstante, las ventanas de oportunidad se abren para quien logra convertir información en decisión.

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